Abstract
This historical review describe the events that have marked the relationships between arthropods and the Colombian people since pre Columbian period, with special emphasis in the conquest period and colonial period. The purpose is to give information to build the Medical Entomology Evolution in Colombia by narration, notes, chronicle and commentaries of the first chroniclers and historiographers in the country, grouped by specific subjects. It is reflected the importance that the arthropods had as diseases agents for the American natives, the Spanish conquistadors and the colonial people. The bites of "zancudos" (mosquitoes), "jejenes" (gnats, black flies, month and sand flies) and "Pitos or chinches" (kissing bugs and bed bugs), or the infestation for flies larvae, "niguas" (chigger or sand fleas), fleas, lice and mites, impacted negatively over the population of XV, XVI, XVII and XVIII centuries; they imputed it with dread to bewitchments and witchcraft, miasmata and fomites, evil-blood or evil-eye, soul robbery, or simplely to hazard and bad luck.
To start it is defined what and which are the most frequently and important arthropodosis, as guide to development the subsequent text, whereby it is verified how the arthropods that affected the human health was omnipresent, since the early registration by the Spanish Chroniclers until the sporadic exploratory studies from the Epidemiological reality of some arthropodosis that still affect today.
Preámbulo
"Lo mismo es dejar el Golfo y entrar por Orinoco o cualquier otro río de tierra caliente, que entrar en una fiera batalla de varias clases o especies de mosquitos, que todos tiran a chupar la sangre y algunos mucho más. Durante el día pueblan el aire, se llena la cara, y las manos, y cuanto hubiere descubierto de mosquitos grandes, llamados zancudos, porque tienen las piernas largas, y pintadas de blanco: con estos persiguen al hombre otros ejércitos de mosquitos, llamados jejenes, cuyo tamaño no llega al de un grano de pólvora de artillería; al mismo tiempo sobrevienen otros del tamaño de un grano de pólvora fina: llámanse rodadores, porque luégo que se llenan de sangre, no pudiendo sus alas sustentar tanto peso, ruedan al suelo y se pierden por golosos: todas tres especies de mosquitos, fuera de la sangre que hurtan, dejan una comezón rabiosa, que al que se deja llevar del prurito de rascarse, le cuesta caro: tolerable es la plaga dicha, porque por último, el hombre paciente se venga en parte, y mata muchos de aquellos enemigos, aunque acuden otros millones, y con una rama en la mano, o con un pañuelo, se ocupa de espantarlos. Pero la cuarta plaga de unas moscas negras, como un azabache, y del tamaño de estas caseras, que llaman gulofas, no tiene contraste, porque al mismo llegar, con la velocidad de un pensamiento clavan su pico, llevan sangre, y dejan la herida; muy pocos hay, que puedan alabarse de que han muerto una sola galofa, con haberlas a millaradas, en especial en tierras anegadizas. A estas se allega la persecución de tábanos, unos grandes, otros pequeños, otros medianos, y todos sangrientos: si el camino es por las selvas, o en piraguas, navegando a orilla de los ríos, no es creíble cuantas especies de avisperos salen al encuentro, de avispas furiosas, a la cual peor: tales, que en tierra obligan a una fuga acelerada, y en el agua exponen al navegante a mucho riesgo, porque no hallando los indios remeros otro refugio, sueltan los remos, se arrojan al agua, y queda la embarcación expuesta a un naufragio, y entregada a la fuerza de la corriente."
Padre Joseph Gumilla "El Orinoco Ilustrado", 1774
Introducción
El texto ilustrativo del padre Gumilla, historiador y naturalista español que vivió 35 años en la Orinoquia durante la primera mitad del siglo XVIII, refleja como preámbulo la importancia que tuvieron los artrópodos como agentes de enfermedades en los americanos nativos y en los españoles conquistadores, importancia que es vigente quinientos años después en mundos y circunstancias bien diferentes.
"La historia", como él señala, "no sólo es abonado testigo de los tiempos; es y debe ser luz para todas las edades y generaciones. Y al modo, que, si falta la luz, en la más curiosa galería todo aquel archivo de la más apreciable antigüedad, pasa a un caos de confusión, pareciendo ordinarias las piedras más selectas y borrón tosco la más sutil miniatura."
Despojarse de prejuicios, preconceptos y de posiciones cientifistas tan comunes hoy cuando "se investiga", puede no ser difícil al constatar con sorpresa que aquello que se consideraba como nuevo e inexplorado, mucho antes y con recursos más precarios, aun cuando con mayor modestia, ya se había estudiado y conocía.
Estas notas no pretenden hacer un análisis histórico ni antropológico de la relación de los artrópodos con el hombre: son apenas una mirada más o menos descriptiva del discurrir de acontecimientos cuando esos dos elementos se encuentran, con el propósito de allegar información para construir la evolución de la Entomología Médica en el país, propósito que posiblemente no se logre en este documento.
Tal vez su mérito pueda estar en la agrupación temática que se hace de los relatos, notas y comentarios de cronistas e historiadores, dispersos y refundidos en un mar de información, a veces impregnada de la emotividad que ellos despertaron, lo que dificultó guardar la distancia como observador crítico pero, la aventura era tan atrayente que el intento y reto de trasegar por ríos, selvas y caminos en condiciones virtualmente semejantes, valió la pena. Por fortuna se encontraron piedras selectas y sutiles miniaturas de apreciable antigüedad, que conservan la frescura y el esplendor de la espontaneidad y del lenguaje, con un bagaje de enseñanzas que cada quien sabrá evaluar.
El trabajo se divide en dos capítulos. En el primer capítulo se presenta inicialmente una parte de ubicación sobre qué y cuáles son las artropodosis más importantes; constituyó la parte menos fácil de integrar dentro del contexto, pero sin ella los apartes posteriores serían algo así como ruedas sueltas. La porción mesal, si se permite el símil entomológico, es una licencia emotiva del autor y una invitación a acompañarlo en la travesía. Termina con un bosquejo de lo que podría considerarse como la Entomología Ancestral en el país.
El capítulo segundo constituye la esencia del recorrido por la relación del hombre con los artrópodos en Colombia, a través del tiempo y del espacio, de sus avatares, penalidades, lugares, lenguajes y otras tantas estaciones, vividos, experimentados o recogidos por cronistas e historiadores. Son observaciones sobre el impacto de los artrópodos hematófagos, de la infestación por larvas de moscas, por niguas, por ácaros y piojos y por la acción de los artrópodos venenosos. Se transcriben textos originales que ilustran y detallan el recorrido y se hacen comentarios o análisis sobre los mismos. Se pretendió articular los hechos con las circunstancias y el entorno humano y ecológico en que se dieron, procurando conservar un sentido lógico y didáctico. En este capítulo podría encontrarse la génesis de la Entomología Médica en Colombia.
I. NOTAS ACLARATORIAS Y NECESARIAS
Sobre las artropodosis y otras plagas
Evidencias arqueológicas comprueban que zancudos, garrapatas, arañas, escorpiones y otras alimañas habitaban la tierra antes que el hombre caminara sobre ella; desde entonces han afectado su salud de diversas formas.
Con el nombre genérico de "plagas", los pueblos antiguos se referían a varias y diversas enfermedades, o a los daños que causaban en las plantas y los animales aquellos seres pequeñitos enviados generalmente por la ira de los dioses, o por venganza, maldición o castigo, como consecuencia del mal comportamiento o de la violación de normas y códigos humanos que adquirían el carácter de divinos. "
El concepto de Artropodosis, que evidentemente desconocían nuestros antepasados y de muy reciente definición, se aplica al impacto negativo que tiene la acción directa de los artrópodos sobre la salud humana, diferente a la acción indirecta cuando actúan como vectores de agentes infecciosos. Las formas como los artrópodos afectan directamente al hombre son variadas y a veces se combinan; por ejemplo, el veneno de las abejas adicional a la acción tóxica, puede desencadenar una respuesta alérgica y culminar en choque anafiláctico; o los piojos que, además de las dermatitis causadas por sus picaduras, actúan como vectores biológicos de tifo exantemático.
Considerando el tipo de relación, el mecanismo de acción y los agentes involucrados, se propone con fines prácticos, la siguiente clasificación de las principales Artropodosis: (Tabla 1).
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Como se puede notar, son variadas las formas como los artrópodos afectan en forma directa la salud humana, algunas de las cuales pueden poner en peligro la vida de las personas afectadas. Prácticamente todas se han presentado en diferentes épocas y lugares de Colombia.
Artropodosis más frecuentes
Sobre un viaje fantástico
Al abordar el tema, se inició un recorrido por sorpresas fascinantes que incitaban a cambiar el destino previsto de "ofrecer un análisis crítico sobre los aportes realizados, los éxitos y fracasos en el área, las carencias y las posibilidades de desarrollo a mediano y largo plazo" de la Entomología Médica en Colombia, de acuerdo con la invitación formulada por Socolen, no obstante las dificultades derivadas de un pobre soporte bibliográfico sistematizado que, por lo mismo, motivó y obligó a expurgar y extraer de entre los anaqueles aquellas pocas pero valiosas citas, observaciones y anécdotas y algunos de los escasos trabajos ajustados a un mayor rigor científico", que permitieran estructurar una visión histórica del impacto directo de los artrópodos sobre la salud humana. La trashumancia de algunos relatos, el imaginar y casi sentir los ambientes descritos, y el mágico realismo de tener el tiempo entre las manos, en las páginas amarillentas y frágiles de libros con más de 200 años, que infortunadamente no se lograron transcribir, constituyeron estímulo y soporte para su elaboración.
Esta búsqueda generó una auto confrontación con el pragmatismo de la cotidianidad, que distancia de los hechos y de aquellas circunstancias que contribuyeron a construir a través del tiempo, la realidad del hoy virtual y cibernético en que nos desenvolvemos, olvidando la premisa de que no es posible el presente sin pasado.
Se constató la omnipresencia de los artrópodos que afectaron la salud humana en los diferentes periodos históricos del país, desde los primeros registros de los cronistas españoles sobre los padecimientos de indígenas, esclavos, conquistadores y colonos, causados por picaduras de alacranes, avispas y arañas, o por la hematofágia de chinches, zancudos, pulgas y jejenes, o por las infestaciones por larvas de moscas, ácaros aradores y niguas, pasando por la incertidumbre y el afán de conocer la etiología, las causas y mecanismos de transmisión del tifo negro, las bubas, la peste, la malaria, la fiebre amarilla y otras enfermedades transmitidas por artrópodos (como sabemos hoy), que diezmaron las poblaciones de los siglos XVI, XVII y XVIII que con terror las atribuían a hechizos y brujerías, a miasmas y fomites, a la mala sangre, al mal de ojo, al robo del alma o, simplemente, al azar y la mala suerte, hasta llegar a los trascendentes aportes de los pioneros solitarios del siglo XIX y a los esporádicos estudios exploratorios de la realidad epidemiológica de algunas ectoparasitosis que todavía nos afectan.
Sobre la ¿entomología ancestral?
Colombia, como la mayoría de los países americanos, es producto del sincretismo triétnico cultural entre indígenas, blancos españoles y negros africanos, que define las particularidades específicas de nuestro hacer y ser. Cada grupo conservaba sus particularidades idiosincrásicas, que se alteran cuando estuvieron juntos.
Antes de la llegada de los españoles, los nativos americanos, amplios conocedores de su ecosistema, del que derivaban los recursos para alimentarse y atender a los enfermos, estuvieron aislados de Eurasia y Africa por miles de millas de un mar que actuaba como barrera esterilizadora; las relaciones sociales, las enfermedades y la forma de tratarlas, las costumbres, los animales y las plantas eran diferentes; no tenían animales domésticos como reses, cerdos, ovejas, caballos, burros, gallinas, ni cabras; los roedores domésticos con sus endo y ectoparásitos no se conocían y por lo tanto enfermedades como el tifo, la peste bubónica, la brucelosis y algunas teniasis, de las que son portadores o vectores, tampoco. Convivían con zancudos, rodadores, jejenes, niguas, nuches, coyas y alacranes y desarrollaron sus propias estrategias de protección.
Existían diferencias marcadas en los sistemas de prevenir, diagnosticar y curar entre los pueblos indígenas de la América precolombina. Se considera que la medicina indígena colombiana era más primitiva que las de las civilizaciones azteca e incaica, y que todas pasaron por la etapas sacerdotal, mágica y empírica, previas al conocimiento lógico y científico, lo cual no excluye la racionalidad y lógica que pudieran tener algunas de sus prácticas, derivadas de las observaciones y experiencias cotidianas. No hay muchos datos que permitan conocer cuáles eran las enfermedades y parasitosis predominantes entre los indígenas colombianos; sinembargo los relatos y testimonios que se conservan, permiten ubicar algunas relativamente bien definidas.
Aunque cuestionado el determinismo geográfico en la nosología de los pueblos, la realidad geofísica de la América indígena, la vida salvaje y nómada y la deficiencia nutricional "menguaban la salud racial del indio americano", sostiene el médico Gerardo Paz Otero en el libro "La Medicina en la Conquista y la Colonia".
Con la llegada de los españoles, las estrategias de defensa y ataque de los indios cambiaron, especialmente en lo relacionado con la preparación de venenos para flechas y lanzas, compuestos que incluían sustancias o partes de artrópodos que afectaron la salud y la vida de los soldados y que evidencian un alto nivel de conocimiento toxinológico.
La soldadesca española, extraída de las cárceles, empobrecida y enferma, no solo trajo consigo tácticas y estrategias militares nuevas y superiores y los elementos para implementarlas: el caballo y el perro, adiestrado para atacar hombres, la espada, la pistola y el arcabuz, la pólvora y la codicia por el oro; además por ser católicos, creyentes seguidores de Cristo y del Papa, venían convencidos de su superioridad moral y religiosa, todo lo cual se reflejó en el maltrato a los indígenas y esclavos, considerados como seres sin alma y ateos, y en la introducción de enfermedades como la viruela, la tuberculosis, el sarampión, la difteria y el paludismo que, por desconocerse el mecanismo de transmisión, la forma de prevenirlas y tratarlas, se difundieron con rapidez entre los indígenas causando muchas muertes; en esos barcos y con esas personas llegaron también ratas y ratones, pulgas, piojos, ácaros de la sarna y vectores como el mosquito Aedes aegypti, entre otros organismos.
La realidad de los conquistadores en los largos viajes desde España, fue cruenta y aciaga:
Si esa era la situación de indígenas y españoles, la de los esclavos negros, introducidos por oleadas durante la conquista y la colonia, era peor no solo por los tratos crueles a que fueron sometidos durante la captura, comercio y transporte, sino también por la pérdida de identidad cultural y social a causa del aislamiento verbal y afectivo que implicaba la mezcla con individuos de orígenes diferentes, con costumbres, creencias y dialectos distintos. Los esclavos viajaban
Allá, bajo cubierta, mal vivían con terror los esclavos, hacinados, durmiendo sobre sus propias excrecencias, infestados por centenares de piojos y asediados por pulgas, ratas y ratones. Tal vez con ellos llegaron al continente americano parásitos como Sarcoptes scabiei, Plasmodium falciparum, Plasmodium malarie, Onchocerca volvulus, Dracunculus medinensis y Necator americanus.
La confluencia de estos tres componentes en un mismo medio, permitió que la acción y el efecto de los artrópodos sobre ellos fuera diferencial y que cada grupo aportara sus conocimientos, prácticas y creencias para contrarrestarlos.
II. ARTROPODOSIS MAS COMUNES EN COLOMBIA VISTAS POR CRONISTAS E HISTORIADORES
Según lo consigna Safray en su
¿Primeros Entomólogos?
Los sacerdotes españoles, cronistas de la conquista y de la colonia, fueron quienes primero escribieron sobre las plagas que atormentaban a los indígenas y a los recién llegados.
En el libro "
Contemporáneo de don Juán de Castellanos fue Fray
Cronistas posteriores como el jesuita
El 29 de octubre de 1760 llegó a Cartagena el médico español
A Don José Celestino Mutis Colombia le debe, entre tantas otras cosas, la organización de la Medicina como disciplina académica; aun cuando se le conoce más por sus estudios sobre botánica, Mutis hizo varios aportes para el conocimiento de las enfermedades comunes en el territorio, entre ellas las causadas por artrópodos. Con la llegada de Mutis, la cultura y la ciencia en el Nuevo Reino de Granada adquirió categoría y rigurosidad. Mutis estudió y analizó los documentos de los cronistas anteriores e hizo las anotaciones pertinentes sobre lo que consideró podían ser errores o interpretaciones equivocadas. En su "Diario de Observaciones" se refiere por primera vez a los artrópodos perjudiciales con nombres científicos, de acuerdo a la clasificación de Linneo, y consigna datos sobre las principales artropodosis de la época.
Mosquitos, zancudos, chinches y jejenes
"
Todo parece indicar que fueron esos "
Sobre la abundancia y las reacciones a la infestación por "garrapatas", "mosquitos y otras plagas", hace alusión en el Canto Cuarto, en "Donde se cuenta cómo Pedro de Lerma, desde a pocos días que llegó a Santa Marta, salió a descubrir tierras nuevas con algunos guías que trajo de los caribes":
En sus incursiones para descubrir tierras nuevas los españoles sufrieron, además de los rigores adversos del clima, de la falta de alimentos y del ataque de culebras, sapos y otras sabandijas, el desesperante asedio de las picaduras de mosquitos, garrapatas, avispas y hormigas, que los obligaba muchas veces a volver desesperados y maltrechos al lugar en donde se encontraban los demás soldados, como lo relata don Juan en el "Canto tercero, donde se trata cómo salió la gente del puerto de Santa Marta, así por mar como por tierra, para descubrir tierras nuevas, y lo que les sucedió en el río Grande a la entrada dél, y en la prosecución del viaje":
"Sus aposentos son húmidas matas; Los árboles les sirven de cubijas: Murciélagos, mosquitos, garrapatas Ocupan pies y piernas y verijas. Avispas, hormigas y mal gratas Culebras, sapos y otras sabandijas, Que los hacen volver desesperados A do quedaron los demás soldados"
"Aguaceros de invierno y de verano, De que su pobre ropa los escuda, Y siempre con los remos en la mano Los unos y los otros a remuda; Faltábales la sal, faltaba el grano, Que para los trabajos es ayuda, Y de mosquitos tan terribles plagas Que ya todos sus miembros eran llagas".
Fray Pedro de Aguado también se refiere a los múltiples sufrimientos de los españoles en la incursión de Jiménez de Quesada hacia Bogotá, en la que "murió mucha gente" a causa de las picaduras de murciélagos y mosquitos y a las complicaciones derivadas de éstas por causa del clima.
"Ciertas manera de arañas o mosquitos que picando la carne alzan la roncha y queda en ella gran dolor y escocimiento por tres o cuatro horas. En este viaje asimismo, murió mucha gente que picándoles alguien murciélago o mosquito, que los hay muy perjudiciales en este río se les hacían llagas, las cuales por la constitución del propio río y tierra de él, eran canceradas, y sin poderse remediar este mal se comían los hombres de cáncer y así eran miserablemente muertos"
Observaciones sobre etología y ecoepidemiología de enfermedades causadas por artrópodos y sobre medidas preventivas y terapéuticas, se encuentran en los textos del padre Gumilla en el "Capítulo XV. De otros insectos y sabandijas venenosas" y en el "Capítulo XVI. De otras sabandijas ponzoñosas", del "Orinoco Ilustrado"
En cuanto a los artrópodos hematófagos, el Padre Gumilla introduce una clasificación entre los de hábitos diurnos, nada cobardes, que "persiguen y acometen de día cara a cara", y los de hábitos nocturnos "que no solamente roban la sangre, sino también el sueño, y el descanso"; establece diferencia por el tamaño entre los "jejenes y los "rodadores", comparándolos con el de los granos de pólvora de artillería y de pólvora fina, respectivamente.
En el grupo de artrópodos diurnos incluye a los "zancudos", posiblemente mosquitos de la subfamilia Culicinae; a los "jejenes", probablemente simúlidos y a los "rodadores", tal vez ceratopogónidos, a quienes llama así porque después de estar completamente engurgitados, incapaces de soportar su propio peso, caen al suelo y ruedan, siendo muertos "por golosos, como se lee en el texto introductorio.
"Lo mismo es dejar el Golfo y entrar por Orinoco o cualquier otro río de tierra caliente, que entrar en una fiera batalla de varias clases o especies de mosquitos, que todos tiran a chupar la sangre y algunos mucho más. Durante el día pueblan el aire, se llena la cara, y las manos, y cuanto hubiere descubierto de mosquitos grandes, llamados zancudos, porque tienen las piernas largas, y pintadas de blanco: con estos persiguen al hombre otros ejércitos de mosquitos, llamados jejenes, cuyo tamaño no llega al de un grano de pólvora de artillería; al mismo tiempo sobrevienen otros del tamaño de un grano de pólvora fina: llámanse rodadores, porque luego que se llenan de sangre, no pudiendo sus alas sustentar tanto peso, ruedan al suelo y se pierden por golosos: todas tres especies de mosquitos, fuera de la sangre que hurtan, dejan una comezón rabiosa, que al que se deja llevar del prurito de rascarse, le cuesta caro: tolerable es la plaga dicha, porque por último, el hombre paciente se venga en parte, y mata muchos de aquellos enemigos, aunque acuden otros millones, y con una rama en la mano, o con un pañuelo, se ocupa de espantarlos."
También incluye, como una cuarta plaga, otros dípteros que se confunden con la mosca casera y de los que dice "que llaman galofas"; por la alusión a las moscas caseras y dada su similitud, es posible que se refiera a Stomoxys calcitrans, de acuerdo con Soriano Lleras y Osorno Mesa, sin embargo, por la mención a la gran cantidad que se encuentran en tierras anegadizas y a la velocidad con que pican, hábitos que no se corresponden con los que con frecuencia se observan en Stomoxys, quizás esos insectos eran tabánidos, de los cuales habla más adelante.
Pero la cuarta plaga de unas moscas negras, como un azabache, y del tamaño de estas caseras, que llaman galofas, no tiene contraste, porque al mismo llegar, con la velocidad de un pensamiento clavan su pico, llevan sangre, y dejan la herida: muy pocos hay, que puedan alabarse de que han muerto una sola galofa, con haberlas a millaradas, en especial en tierras anegadizas. A estas se allega la persecución de tábanos, unos grandes, otros pequeños, otros medianos, y todos sangrientos"
Con respecto a los artrópodos hematófagos de hábitos nocturnos, Gumilla habla de unos mosquitos
Más tarde, por si no bastara, como en sucesión, llegan otros insectos que le parecen desconocidos, de color pardo y de formas extrañas que entran a las habitaciones después de los mosquitos; describe la forma cautelosa como pican y comenta que dejan dolor y prurito intolerables al retirarse. Esta observación empírica es de un gran valor, a la luz de los conocimientos inmunológicos actuales sobre la respuesta orgánica a la picadura de insectos: en el caso de los redúvidos triatominos, la saliva es altamente antigénica y cumple un doble papel: los componentes analgésicos, anestésicos y anticoagulantes, permiten que la inserción del aparato bucal de insectos tan grandes sea imperceptible en la fase inicial de la ingestión, el tiempo suficiente para hacerla en una sola toma; más tarde, generalmente cuando el insecto ha abandonado el hospedero, se manifiestan las reacciones de prurito y de dolor intensos, como lo señaló el padre Gumilla.
"Entran en segundo lugar unos insectos pardos, de una hechura muy rara, del tamaño de tábanos medianos (llámanse pitos) estos tienen un pico rabioso y suave; mientras beben la sangre, lo hacen con tal tiento y dulzura, que no se dan a sentir; pero al retirarse llenos, dejan un dolor y comezón intolerable: estos abundan en todas las tierras calientes, y en especial en las casas recién fabricadas es grave su persecución, por mas de un año."
Adelanta, además, algunas observaciones epidemiológicas sobre la infestación domiciliaria, que ocurre especialmente en las casas recién construidas; si se tienen en cuenta los materiales que se debieron utilizar (troncos, maderas, barro y hojas de palmas), es presumible que los insectos se hayan introducido con esos materiales. Por las características señaladas en el texto y por el nombre común de "pitos" que les asigna, se debe referir a triatominos de los géneros Rhodnius o Triatoma. Puesto que los hábitos de los triatominos colombianos son fundamentalmente extradomiciliarios, es posible que los insectos introducidos correspondieran a Rhodnius prolixus, que se encuentra actualmente domiciliado en varias regiones del país.
No era fácil eludir la embestida de tanto insecto en la noche y ante el asedio, los españoles duermen en hamacas y los indios "ya cristianos" usan mosquiteros. Para evadir las plagas diurnas parecía ser útil la aplicación de repelentes, compuesto de manteca o aceite, y de achiote molido como ingrediente activo. Esta planta (Bixa orellana) fue utilizada por los indígenas para muchos propósitos terapéuticos, y aún se emplea en varias regiones del país, pero el uso como repelente prácticamente desapareció.
"Los blancos, o españoles duermen colgados, al modo dicho, en hamacas, que son mantas fuertes de algodón; pero ni una, ni otra inventiva resiste a los picos de los mosquitos: por lo cual los indios ya cristianos y cultivados, usan mosquitero, o toldillo, aunque sea un pobre remero: los gentiles, para resistir a las plagas del día, se untan (como ya dije) con aquel ungüento hecho de manteca, o de aceite, con achiote molido, y para irse a dormir renuevan la dicha untura."
Finalmente cuenta, en un relato casi fantasmagórico, cómo las gentes de las naciones guajiha, chiricoa y guama, que duermen en el suelo "sin más cubierta, que la del cielo raso", son atacadas por grandes cantidades de mosquitos y otras plagas que se pelean y disputan en procura de un lugar adecuado para alimentarse. A la sinfonía de los mosquitos se le sumaba el acompañamiento de las palmadas para matarlos y de los ronquidos de los indígenas; debieron ser largas y tétricas las noches del padre Gumilla.
"Lo que yo no podía percibir, ni hoy acabo de entender es cómo aquellas gentes pueden tomar el sueño, cubiertos de innumerables mosquitos? Ello es así, que luego que se tienden por aquel suelo a dormir, hay tal estrépito de palmadas, matando mosquitos, que me han quitado, solo ellas, el sueño muchas veces: al cuarto de hora ya suenan menos y a la media hora ya no se oye golpe alguno: y entran a atormentar en su lugar una behetria de ronquidos intolerable: entonces, para registrar si aquel profundo sueño era por haberse retirado los mosquitos (como sucede en la nación guarauna, que los destierran de casa con humo, según ya queda dicho) encendí varias veces luz y reconocí, no sin espanto, aquellos cuerpos revestidos de pies a cabeza de millaradas de mosquitos, forcejeando unos contra otros para hacerse lugar y fijar su pico yéndose unas llenas y viniendo otras bandadas a llenarse de sangre, sin cesar, toda la noche…" "se hace duro de creer: pero realmente es cierto lo que digo: como es el que la carne se enseñe a sentir tantos y tan agudos aguijones: eso es lo que dije, que ni entiendo, ni percibo."
Fray Juan de Santa Gertrudis también se ocupó de los artrópodos hematófagos, en el capítulo 3º del Tomo I de "Maravillas de la Naturaleza" que "Contiene la descripción y cosas raras que hay desde Mompós a Honda". Después de relatar lo agradable que le resultaba el paisaje, puesto que "Este río de la Magdalena es un ameno paraíso que deleita a los que en él navegan todos los sentidos del cuerpo, y cuanto a la vista ofrece tanta variedad de objetos", cuenta que sus acompañantes "al arranchar", "los más de ellos traen su toldito de tocuyo, tan chico que sólo cabe un encurrucado"; anota que la abundancia de mosquitos era tanta "que era preciso que a los dos de nosotros a quienes tocaba la culata de la tolda y la boca, estuviesen de continuo aventándolos con una rama". Describe un ingenioso sistema de protección de quien no llevaba "toldo para dormir" pues "compone de hojas de platanillo, o de achira, a modo de un ataúd con las puntas de un lado y otro bajo la arena y allí entra a dormir."
Más adelante cuenta que un día al llegar "a un pueblecito que llaman San Pedro" y notar que los pollos y las gallinas tan solo tenían plumas en la "coyuntura de la pierna, sobre la cabeza y en el aletoncito a lo último de las alas", preguntó a un indio por qué le quitaban las plumas; el indígena le respondió "que no las criaban, porque de tantos picotazos que les daban los mosquitos, no les dejaban sacar plumas". Creyó que era una broma y lo dijo: "Hombre, aquí yo no veo mosquito alguno. El respondió: Padre, ahora están ellos en el monte; en anocheciendo verá Vuestra Paternidad si hay mosquitos", como efectivamente comprobó:
"Entre dos luces se armó la mesa para cenar. Apenas nos sentamos cuando oigo que por el monte se venía acercando en ruido como un aguacero. Yo dije: Ya viene aguacero. Pero el indio me respondió: Padre, no es aguacero: son los mosquitos que ya vienen. Ello teníamos pollos asados y huevos escaldados. Yo a la que vi llover sobre mi tanto mosquito, que eran unos pocos que venían por delante a dar el aviso, tomé un huevo, me agaché, y puesta la capilla, a toda prisa me lo comí, y sin embargo, me dieron bastantes piquetes…"
"Yo con el calor hasta la madrugada no pude dormir, y cuando me tumbó el sueño hube de arrimar la mano contra el toldo. Pues cuando desperté estaban todos los dedos entumecidos de tanto picotazo que me dieron. Me puse al instante tabaco mascado, que es el antídoto que quita la comezón"
De la misma forma, padeció el asedio de "otros mosquitos que son negros y los llaman rodadores, que solo andan de día y van a los ojos"; dice de ellos que "es malísima plaga, porque abundan mucho", lo mismo que de "Otros hay que llaman jejenes, tan chicos, que usted lo siente que le pica en la mano, lo mira y no lo ve hasta que le saca su gota de sangre. Se parece a los que crían en el vino, pero son muy más chicos, y éstos donde pican dejan una comezón terrible, y sí se rasca levantan una roncha terrible".
Mientras que Castellanos denomina "rodadores" a los ceratopogonidos hematófagos (Culicoides sp.), Santa Gertrudis los llama "jejenes", designando con el nombre de "rodadores" a los pequeños dípteros lamedores del género Hippelates, que llegan a las heridas y lesiones del hombre y de los animales, según Soriano Lleras y Osorno Mesa.
Santa Gertrudis menciona el uso de "la escobilla" para sanar las ronchas originadas por el rascado de las picaduras de "jejenes" en dos sacerdotes españoles, que presentaban lesiones en una mano y en una pierna, que les duró varios días, "hasta que en una casa de un indio se topó la escobilla, que es lo único con que sanan estas ronchas. Escobilla llaman una mata que se parece a la albahaca, sólo que tiene la hoja dos veces que ella más chica. Mascada tiene un sabor dulce, y la llaman escobilla, porque en muchas partes de ellas hacen escobas". La planta mencionada posiblemente corresponda a Scoparia dulcis, escrofulariacea abundante en clima cálido, que se usa en la medicina tradicional con varios propósitos terapéuticos.
En el capítulo 7 que "Contiene las cosas raras, y descripción del río del Putumayo", relata sus experiencias con lo que denominó plagas menores, masquitos, rodadores y jejenes, de los que aprendió a protegerse imitando lo que hacían los indios, que los ahuyentaban de las viviendas con el humo de especias resinosas y se aplicaban "achote del que van pintados"
La agresividad y abundancia de esos insectos era tan grande que picaban en cualquier superficie descubierta, como "en un agujerito que se me hizo en un zapato, allí me hicieron una llaga, que me duró 3 o 4 meses". No había paz ni para satisfacer alguna "necesidad corporal" que implicara exponer áreas del cuerpo, porque después de muchas y rápidas picadoras había comezón para rato:
"Para que se pueda hacer de ello algún concepto de lo que serían, digo que para la necesidad corporal fue preciso tener en el monte una olla, y ir allí a descartarse uno sin levantar ropa alguna, porque de otra suerte, al descuidarse un poco, por aprisa que se efectuase, ya le habían cruzado las nalgas y quedaba comezón terrible para un par de horas. Para tomar un polvo de tabaco era preciso irme a la cama bajo del toldo; y por no perder el tiempo de estarme venteando con el pañuelo aventándolos, me privaba de tomar tabaco; porque al tiempo de sacar la caja aprisa y tomar un polvo, ya en las manos, cara y cuello, me habían clavado de 100 piquetes, y los ojos ya están llenos de rodadores."
Cuenta que como resultado de aplicar varias prácticas culturales, se logró disminuir la abundancia de los insectos.
"Mas esta plaga con el tiempo algo se moderó, y la de las niguas también, mandando rozar al rededor del pueblo, para que con el sol se secase la tierra, cuya humedad los produce, y al mismo tiempo viviendo en alto, y mandar de continuo barrer ya mi casa y ya toda la plaza e iglesia. Porque en las casas de los indios ni hay mosquitos ni niguas, porque siempre está del todo cerrado y con varias candelas, y las casas están por esto arrobadas y cobijadas de hojas de palma."
Hay una observación final con respecto a la susceptibilidad diferencial a las picaduras de los insectos, pues nota que a los indígenas no los afecta tanto como a él. La exposición repetida a antígenos presentes en la saliva de los artrópodos hematófagos, puede estimular la producción de anticuerpos que confieren alguna protección y atenúan las manifestaciones.
"Cuando ellos salen están ya curtidos de ello, y con el achote de que van pintados no los afligen tanto, pero de continuo se están dando golpes con las manos. Yo tuve de estas plagas muchísimo que padecer."
Los artrópodos hematófagos, como se ve, afectaron en gran medida la salud de los indígenas y de los españoles, constituyéndose tal vez en el grupo de mayor importancia médica, si se les compara con los que se tratan a continuación.
Nuches y otros Gusanos
La infestación de heridas y lesiones, de oído y nariz, o de cualquier otra parte del cuerpo, por "gusanos en la carne que los comían en vida", como lo expresa Safray, fue otro de los grandes padecimientos de los conquistadores. La mayoría de los cronistas e historiadores se refieren a esta parasitosis desconocida para los españoles, quienes tuvieron que adoptar las prácticas de los indígenas para su tratamiento. Se encuentran notas relacionadas con biología, morfología, mecanismo de transmisión, patogenia y tratamiento, especialmente de Dermatobia hominis (Diptera: Cuterebridae), el "nuche o gusano de monte" como se le conoce desde entonces. Se menciona la invasión de heridas por "gusanos" que, dadas las características biológicas, pudieron corresponder a larvas de Cochliomyia hominivorax (Diptera: Calliphoridae), parásito obligado de origen americano que se alimenta de tejido vivo de diferentes animales, incluido el hombre. Las descripciones y referencias sobre estos insectos, al igual que sobre las niguas, se consideran aportes originales en la historia de la medicina, pues se desconocía todo sobre ellos en la ciencia de Europa.
En el canto cuarto, antes citado, don Juan de Castellanos describe el cuadro clínico de miasis cutánea por Dermatobia hominis, que se presenta "
Salíales a todos mucho grano Con las alteraciones de un devieso, Y dentro molestísimo gusano, Aspero, peludillo y algo grueso: Da voces y gemidos el más sano, Por ser aquel dolor en gran esceso. Hasta que ya cayeron en la cura, Que fue fácil y no de mucha dura.
Pues de diaquilón un parche hecho Sobre la hinchazón y carne flaca, Hace la fuerza de tanto provecho, Que la mitiga y el gusano saca: El duro torondón queda deshecho, La pena quita y el dolor aplaca; Y alguno me vendió por manifiesto Que la falta de sal causaba esto.
Y aun aqueste mortal inconviniente, De que los racionales se quejaban, La bestia caballar también lo siente, pues los caballos todos se pelaban.
Además de la falta de sal como una de las causas, los españoles tenían diferentes opiniones sobre el origen del problema, incluyendo los aguaceros, las constelaciones y los vapores malos de la tierra, como narra el
"De esta plaga, sobre las demás, fueron así mismo perseguidos y atribulados nuestros españoles: aunque sobre la congelación y engendración de estos gusanos hay muchas y diversas opiniones, que unos las atribuyen a los aguaceros, y otros a la constelación y vapores malos de la tierra, y por aquí van tratando, como he dicho, muchas diversidades de pareceres."
El Padre Aguado menciona que en tierra de los Patangoras se presentan "
"Otra manera de plaga hay en esta provincia, que se halla en otras muchas de las Indias, y es que en el cuerpo de cualquier persona se crían unos gusanos, a manera de los que en España se crían en los bueyes y vacas flacas, que llaman vermes o vérmibus,. Estos, por la mayor parte, se congelan en los hombres que andan por el campo; su principio es en el cuero de la carne y vase entrando por él sin ser sentido hasta que está algo crecido; deja un pequeño agujerillo por do respira y resuella y purga, y allí va creciendo hasta hacerse grande. Tiene la cola muy delgada, y lo demás del cuerpo se le para grueso y la cabeza negra; nada de esto se ve de él hasta que lo han sacado del lugar donde se cría. La cura contra este gusano es ponerle encima un parche de diaquilón o de trementina, y con esto se le tapa el respiradero, ahógase y muere allí, y otro día lo sacan pegado al parche, y si no sale queda adentro muerto, y apretando y exprimiendo el lugar donde está metido, lo echan fuera; no da dolor ninguno a la persona más de pesadumbre, de verse con gusanos."
Los Patangora o Patangoro, conformaban una tribu de indígenas que habitaba el Noreste de Antioquia, junto con los Amaní o Amanies. Eran llamados así "
El siguiente relato de Fray
"Hay otros más grandes que llaman zancudos; y estos donde pican dejan semilla y se concría un gusano tamaño como un gusano de seda. A mí me picaron dos en una pierna en la mesa de río Recio, y se me hinchó mucho, tanto que estuve varios días tendido sin poder andar ni entender que era la causa, hasta que una vieja me dijo: Padre, esto es picadura de zancudo. Ella me oprimió la pierna y salieron dos gusanos ya del tamaño de una aguja y de bastante grueso; y hasta la hora presente se conocen los dos taladros"
Comenta además sobre las prácticas que se hacían en algunas haciendas, donde los indígenas defendían el ganado con hojas de fique mojado y menciona que "ponerle un poco de sal mata los gusanos y limpia la llaga de la podre y aún la sana", aun cuando también, cada mes, "traen las bestias y reses al corral, y las registran; y donde tienen algún tolondrón lo abren a navaja y lo sacan, como yo he visto sacar, unos gusanos que les dije, y a la incisión les untan unto de cerdo sin sal, y con esto sanan".
De los relatos sobre miasis por Dermatobia hominis, los del padre Gumilla son los más detallados. Incluyen aspectos sobre el complejo mecanismo de transmisión de las larvas, bastante particular por el hecho de que las hembras grávidas capturan en pleno vuelo a otros artrópodos, especialmente dípteros hematófagos, y colocan sobre su cuerpo, por lo general en las superficies pleurales, un paquete de cerca de 20 o más huevecillos oporculados, dentro de los cuales se encuentran pequeñas larvas que salen y penetran la piel de los hospederos sobre los que se posan los artrópodos transportadores, cuando llegan a ellos para alimentarse; este proceso forético activo no se ha observado en ninguna otra especie de insectos.
En las regiones cálidas y boscosas, lo mismo que en áreas selváticas, se han encontrado mosquitos de los géneros Sabethes, posiblemente los "mosquitos verdes, que llaman de gusanos" que menciona Gumilla, y Psorophora, entre otros, con posturas de "la mosca del nuche"; también se han notificado algunos tabánidos del género Chrysops y mísidos como Stomoxys calcitrans, como transportadores de huevos. El aparato bucal de los adultos de Dermatobia es atrofiado y no les permite alimentarse; la fase como adultos es exclusivamente reproductiva, ya que la longevidad como tales es corta y mueren en menos de dos semanas, por lo cual, y para garantizar la sobrevivencia de la especie, se valen de tan interesante procedimiento.
"Toda esta multitud de enemigos es despreciable, y se hace llevadera, en comparación con unos mosquitos verdes, que llaman de gusano; estos abundan en el río Apure, Urú, en Tena, Espinal y en todas las tierras excesivamente calientes; dichos intolerables insectos chupan la sangre como los otros; pero en pago del sustento dejan, mejor diré, vomitan, dentro de la carne, hasta donde penetró su afilado pico: dejan, digo, un huevecillo imperceptible, que fomentado con el calor natural, a los tres días pasa a gusano peludo, de tan mala calidad, que inflama el sitio donde está, y causa calentura, como si fuera un grande tumor"
Describe el padre Gumilla con algunas imprecisiones, comentadas posteriormente por Mutis, la evolución de las larvas y los principales signos y síntomas observados y relacionados con el proceso de alimentación de las mismas que "inflama el sitio donde está, y causa calentura, como si fuera un grande tumor". El periodo larvario dura cerca de cuatro meses, durante el cual las larvas se alimentan activamente, utilizando su agudo aparato bucal y liberando enzimas proteolíticas de digestión extrínseca; ganan peso y tamaño con rapidez, originando dentro del tejido reacciones fisio-histológicas de cuerpo extraño; en el primer estadio pueden pasar desapercibidas y las manifestaciones son mínimas, pero a medida que crecen, las acciones mecánica y enzimática causan inflamación y se forma un estroma adyacente al cuerpo de la larva que, como dice Gumilla "El forastero piensa que es Tumor", por el aspecto forunculoide e indurado que adquiere. Es de suponer que lesiones como éstas, desconocidas para los españoles, tanto como su agente, debieron causar enorme preocupación y temor.
"No es esto lo peor, sino que como está en la carne viva, y los pelos de los que está lleno son ásperos, fuera de los vivos dolores, que causa cada vez que le da gana de comer, en todos los movimientos que hace, cada uno de sus pelos es un lancetazo cruel: El forastero que piensa que es tumor, y trata de curarle como a tal, va perdido; porque dicho gusano, a los ocho días ya tiene diez o doce hijos, cada uno de los cuales va labrando la carne viva por su lado, para formar cóncavo aparte, y multiplicar otros enjambres; tanto que a muchos les ha costado la vida; y los parajes donde más abundan, aniquilan a los perros, cabras y hasta el ganado mayor perece, penetrado todo de los tales gusanos. Nadie se admire de que los pinte tan por menor, porque escarmentado de su furioso diente y acicalados pelos, deseo que este aviso sirva de precaución a los que llegaren de nuevo por aquellas tierras"
Finalmente, presenta el método de extracción de las larvas por presión y llama la atención sobre lo que puede ocurrir si se lastiman o mueren dentro durante el proceso, "porque luego se forma postema", por la infección sobreagregada que puede ocurrir.
"Es cierto que la herida del mosquito verde nadie la puede evitar, en el paraje donde ellos abundan; pero se puede estorbar que el gusano procree; para lo cual se ha de observar que en el mismo centro del tumor inflamado, que se levanta, se ve siempre una aguadija, que arroja el gusano por la boca: sobre ella se pone chimu, que es quintaesencia del tabaco; a falta de chimu, póngase tabaco mascado, con lo cual se emborracha el gusano, y aumentando los dolores con los movimientos que hace: entonces, apretando con los dos dedos pulgares la carne, a buena distancia del gusano (por no machucarle), dando el apretón con fuerza, salta el gusano entero, y solo hay que curar el cóncavo que deja; pero si se estrujó, y murió adentro, o saltó al apretar sola la mitad de él, queda trabajo para muchos días; porque luego se forma postema, y como tal se ha de seguir la curación"
Con respecto a estas miasis opina Mutis, según Soriano Lleras y Osorno Mesa, "que los gusanos peludos, llamados nuches, que se crían entre cuero y carne, nacen de la picada del mosquito zancudo"; los mismos autores señalan que hizo aclaraciones a los relatos del padre Gumilla sobre el tema:
"La particularidad que insinúa el padre Gumilla a cerca del mosquito llamado Verde, merece atención para distinguirlo del Zancudo zumbador, que me refirió Ribero. Asegura el Padre Gumilla que por el pico con que chupa la sangre deposita un huevo. Esto parece falso al orden de la Naturaleza. El depósito debe ser por otro aguijón, como lo hace el Oestrus de los bueyes. Entonces sería ovíparo; y mi naturalista asegura ser un mosquito vivíparo, al modo del Oestrus humanus, como yo llamo la mosca pequeña del gusano.
"El gusano formado dentro de tres días lo llama nuestro historiador peludo. Aunque el de aquí lo llaman también peludo (el de la mosca grande y pequeña), no son con todo el rigor de la voz. Es una especie de sierrecita de unos dientecillos negros, transparentes y lisos (mejor que transparentes), apartados y de diversa sustancia de pelo. Parece una pestaña pequeña que termina los anillos superiores del cuerpo hasta unos seis u ocho, según hago memoria"
Menciona que el dolor no solo se debe a la rudeza de estos "dientecillos" sino también a las estructuras bucales.
"a los dos garfios o anzuelos o bien quijadas aduncas que observo en estos gusanos de aquí". "Los movimientos del animalillo no solo se perciben por el dolor, sino por otra acción. Tal vez a semejanza de los intestinos del hombre, llamado vermicular, para ir arrojando el excremento, como luego diré."
"Lo que refiere nuestro autor acerca del yerro que cometen en la curación los que ignoran la causa de este tumor, es muy cierto."
"Sigue nuestro autor refiriendo que a los ocho días ya tiene diez o doce hijos. Desde que leí este pasaje la primera vez, tuve esto por historieta y equivocación del Padre, confundiendo los gusanos de las moscas Carniceras que ponen huevos en cualquier llaga, a lo que aquí llaman gusanera, y es comunísimo con los gusanos llamados Nuches. Por ahora, aunque todavía no lo creo, no me atrevo a desechar esta relación de un sujeto experimentado"
"Los estragos de estos gusanos y los demás de las dos especies de Oestrus son bien creíbles. El ganado perece aquí miserablemente por esa plaga."
En la nota anterior, la referencia a "moscas que ponen huevos sobre cualquier llaga, "a lo que aquí llaman gusanera", que es "comunísimo con los gusanos llamados Nuches", es la más concreta con lo que parece corresponder a las miasis invasivas por Cochliomyia hominivorax, especie de origen americano, así en autores anteriores se mencionen "gusanos" que atacaban a los soldados españoles.
Aclara mutis aspectos sobre la posición que toman las larvas dentro del tejido y explica las razones para el uso del zumo de tabaco o Chimú, siempre referido a lo escrito por Gumilla.
"Advierte el Padre, tratándose de la curación, que en el mismo centro del tumor se ve siempre una aguadija que arroja el gusano por la boca. El hecho de la aguadija es constante. El arrojarla por la boca es equívocación o de la expresión de la idea del Padre. Si por boca se entiende la boca del tumor, es cierto; pero si se entiende la boca del gusano, es equivocación del Padre. El gusano tiene la boca en el fondo del tumor, y la punta del abdomen u orificio la tiene hacia la boca del tumor, y la aguadija es el excremento del gusano: este es un Hecho constante en los gusanos de las dos moscas."
"La curación del Chimú, anthir, o zumo del tabaco, es la común y la más segura, cierta y pronta. Aplicado, al punto se emborracha el animal. Con esto se debilita para que estando sin fuerzas no se oponga a la acción de arrojarlo por la compresión de los pulgares, que ciertamente suele ser trabajosa para quien la ejecuta y penosa para quien la sufre. Si el gusano estuviera del todo vivo, no dejará de hacer sus esfuerzos o con los ganchos de la boca, o extendiendo su volumen contra las paredes del lugar que ocupa; y en este caso cada dientecillo de los muchos con que terminan los anillos, erizados por la acción del insecto, serían otros tantos impedimentos que imposibilitarían la salida del gusano o la retardarían. Verdad es que en las vacas o bueyes no se usa esta precaución, pero bien manifiestan estos animales lo que padecen en estas curaciones"
Mutis mantuvo correspondencia con Linneo, Humbolt y Bonpland, quienes le asesoraban y ayudaban a esclarecer sus inquietudes científicas; el doctor Emilio Robledo comenta en el libro "Apuntaciones sobre la Medicina en Colombia", que Mutis le envió a Linneo larvas y adultos de Dermatobia, pero no menciona si con base en este material se describió el género.
En las prácticas mítico-religiosas de varios pueblos indígenas de Colombia, y posteriormente en la época de la colonia, eran comunes los rituales para extraer o introducir gusanos, para curar o enfermar o para hechizar y deshechizar, aludiendo a la capacidad de daño que podían hacer dichos gusanos y a la dificultad de curarse del mismo, de lo cual, junto con los relatos transcritos, podría colegirse la antigüedad del problema de las miasis en el continente americano.
Las miasis por Dermatobia hominis y Cochliomyia hominivorax siguen siendo un problema en la América tropical. Las pérdidas económicas derivadas de sus daños en la ganadería se estiman en varios millones de dólares por año y los casos en humanos se siguen presentando; muchas de las prácticas terapéuticas descritas aún se utilizan y tienen la misma fundamentación.
Molestas Niguas
Las niguas (Tunga penetrans, Siphonaptera: Tungidae) son pulgas originarias de América, adaptadas para permanecer adheridas intracutáneamente sobre el hospedero. La palabra Nigua es una voz taina, de los pueblos indígenas pertenecientes al gran grupo lingüístico arahuaco, establecidos en La Española, Cuba y Puerto Rico, cuando ocurrió el descubrimiento de América. El uso de la palabra para referirse al insecto parece que era común entre otros pueblos indígenas, aun cuando desconocían su significado. En un interesante y extenso artículo sobre la nigua publicado en los Anales de la Academia de Medicina de Medellín, en julio de 1889, el médico antioqueño Manuel Uribe Angel refiriéndose a la historia de este insecto escribió: "Cuentan las crónicas de nuestro país, que cuando el conquistador Quesada andaba con algunos compañeros en busca de "El Dorado" dió con un pueblo situado sobre una de las faldas de la cordillera oriental de los Andes, en donde fueron atacados, él y ellos, por gran copia de niguas, que algunas indias compadecidas les extrajeron, valiéndose para ello de alfileres de oro.
Reconocida la nigua por los españoles de la conquista, como habitante natural de América, se observó que no vivía sino en la faja de 29° tanto al sur como al norte. En los demás continentes parece no existir (…)
Los peninsulares al posesionarse de América y al colonizarla quedaron con los negros africanos y con los indígenas expuestos á los ataques del insecto, pero poco o nada escribieron de él. Los primeros invasores y los expedicionarios durante la guerra de emancipación se contentaron con llamar llaguitas malignas á las que les solían aparecer por causa de los referidos ataques (…)
Como la palabra nigua no se halla en ninguno de los diccionarios que hemos consultado, preguntámos el otro día a nuestro aprovechado filólogo y amigo Dr. José Vicente Uribe, si él sabía algo acerca de ese punto. "solo sé, nos contestó, que para los indios del Chocó nigua quiere decir capamanto amarillo, sin duda por el aspecto que toma el animal cuando se desarrolla."
No son muchos los relatos relacionados con las niguas en los textos de cronistas y de escritores posteriores, pero los que se conocen describen aspectos interesantes de la tungiasis desconocida hasta entonces por los españoles, tal como lo escribe el médico Antonio Martínez Zulaica, en su libro "La Medicina del siglo XVIII en el Nuevo Reino de Granada": "La nigua era un espanto y una angustia para el que la sufría, cobijada bajo las uñas de los pies, el ardor y la desazón que provocaba volvía loco al más templado. No se conocía el remedio para el mal, la única medida drástica era sacarla con la espina terminal de la hoja del cabuyo blanco, con espinas de pescado o la de la palma del trópico; cuando la desazón llegaba a extremos insoportables, algunos individuos se enterraban en la arena y hasta metían los pies en el fuego."
Las notas más antiguas sobre artrópodos perjudiciales en Colombia, como se mencionó, fueron hechas por Don Juan de Castellanos y por Fray Pedro Aguado, quienes, por supuesto, también se ocuparon de las niguas y de otras pulgas aun cuando no en notas muy extensas. El Cronista mayor de las Indias don Antonio de Herrera en su "Historia de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Década I, Libro V", referente a las dolencias de los españoles e indígenas en 1503, menciona que los primeros colonos que llegaron a la Isla Española, fueron bárbaramente atacados por niguas y muchos llegaron a perder algunos dedos y aun los pies.
"Se hallaron en la Española ciertas sabandijas, como una pequeña pulga, saltadoras i amigas del polvo, que no pican sino en los pies, que llaman niguas, i se meten entre cuero i carne por las uñas, hacen sus liendres i multiplican tanto que no se podían agotar sino con fuego, o con yerro: i como los Castellanos en aquellos principios, no sabían el remedio, que era sacarlos como aradores, padecieron gran tormento, perdiendo los dedos i algunos los pies."
Es don Juan de Castellanos quien primero se refiere a los terribles sufrimientos infligidos por estos insectos a los ejércitos conquistadores en Colombia, que los obligaba a salir con prisa de los sitios a donde llegaban, pues les hicieron más la guerra que "los vecinos de la tierra", como se lee en el "Canto tercero donde se cuenta cómo Belalcázar procuró llegar a sí el número de españoles que le fue posible para ir en seguimiento de la noticia que de Bogotá le dio el indio que halló en la ciudad de Quito, y lo que aconteció en aquel viaje a él y a sus capitanes":
Mas luego vieras sacudir las plantas Y dar mil brincos al caballo laso, Porque niguas y pulgas fueron tantas Que no se vio reposo más escaso: Y ansí cubiertos hasta las gargantas Los echan del lugar más que de paso. De manera que les hicieron guerra En vez de los vecinos de la tierra
Por otro lado, el Padre Aguado escribe en el relato sobre la salida de Quesada de la provincia de Sompallón, que a una región cercana a Mariquita los españoles le dieron el nombre de "loma de las pulgas, por haber en ella y en sabana una gran cantidad" de esos insectos; comenta que eran tan abundantes las "pulgas y niguas", que muchas personas "suelen perder los pies".
El Padre Gumilla hace una descripción más amplia sobre las niguas, en el Capitulo XXV de su libro, tanto desde lo epidemiológico al citar que "son plaga universal", como desde lo biológico, clínico y terapéutico, con anotaciones sobre la morfología, los síntomas de la infestación, los riesgos de infecciones secundarias, los métodos para extraerlas y el medicamento eficaz para tratar la parasitosis.
"Las niguas son plaga muy universal, no solo abundan en toda tierra caliente y templada, sino que no faltan en tierra fría, aunque no tantas. En el Paraguay y otras provincias llaman piques; los jiraras llaman sicotú: nadie se escapa de esta epidemia, sino tal cual, de humores muy irregulares. No hay resguardo que baste, se entran por entre las medias y zapatos, penetran la carne viva, con un dolor y comezón ardiente: luego forman una tela y dentro de ella, a las veinte y cuatro horas ya tienen huevecillos, para criar un hormiguero de niguas. Son unas pulguitas, que las brota el polvo, tantas, que apenas es creíble: es plaga lastimosa para indios y negros, que andan descalzos y gastan poca curia en sacarse las niguas, que les entran por todas partes; y como multiplican tan aprisa, los imposibilitan a poco tiempo. Unas familias que de las Canarias llegaron a la Guayana, por los años de 1720 se descuidaron tanto en sacarse las niguas, que murieron gran parte de isleños, sin otro achaque que este.
Es importante saber, que si luego que entró la nigua, que avisa su bienvenida, con la comezón ya dicha, si luego se quiere sacar, es perder tiempo; porque al mismo tiempo que se va apartando la carne para sacarla, se va entrando más adentro y es peor: lo mejor y menos peligroso es, sufrir hasta el día siguiente y entonces se sacan, juntamente con su casita, que ya tienen, del tamaño de un grano de aljofar y aquel hueco que dejan, se llena de tabaco en polvo, para que no se encone, como ordinariamente sucede. Ello es pensión indispensable y urgente, el que un criado, con el alfiler, o la aguja en la mano, reconozca todos los días los pies. Lo acostumbrado es, hallar cada día cuatro, o seis niguas que sacar; otros quince y otros muchas más, conforme los humores de cada uno: ¡plaga, a la verdad, terrible!"
Menciona y describe un remedio eficaz, que él mismo usó, a base de resina de orova, planta que los indios tunebos de las estribaciones de la Sierra Nevada de Chita o Güican, en Boyacá, y que no solo las mataba sino que prevenía reinfestaciones posteriores.
"Hay remedio eficaz (y lo he practicado siempre) para que jamás entre nigua alguna y para que se mueran las que ya entraron; y es una resina, que los indios tunevos de Patute, del Piñal, de Chisgas y de Guacamayas, la recogen al pie de los páramos nevados de Chita: esta resina la cogen del centro de una flor blanca, que crían allí los árboles: recién cogida es blanca, y se parece a la mantequilla bien lavada; después pierde algo su blancura: su olor es fastidioso, como olor de tocino muy rancio: se derrite entre los dedos con sólo el calor natural de ellos: es a propósito para muchos remedios, como diré a su tiempo, untando los pies con esta otova, u otiva (así se llama) y calentados al rescoldo, se penetra la resina, que es muy útil; y si se halla niguas, las mata, y prepara los pies, para que en todo un mes no entren otras. Pasado el mes, como se evaporizó aquella virtud, se debe hacer otra untura, y de este modo me he visto siempre libre de niguas, desde que supe el secreto, y por mi aviso se han librado cuantos lo han sabido; y se librarán cuantos usaren lo aquí referido. Y en fin, cuando los panales de niguas, en los que se han descuidado, cogen ya enteramente los pies, y parte de las piernas, se unta dicha otova, y aplicando un tizón en debida distancia, para que la derrita con su calor, y no moleste al doliente; después de empapada se arropan y vendan los pies; y a las tres unturas hechas en tres días consecutivos, no solo se han muerto todas las niguas, sino que cae todo aquel cascarón seco, queda nuevo, y limpio el cutis de toda la parte lesa: eso es tan cierto, que con mis manos he curado muchos indios, negros y blancos, con la sola referida diligencia. He oído a personas inteligentes, que la brea aplicada al modo dicho, equivale a la otova."
Con respecto a la otova, en el "Capítulo XX. Resinas y aromas que traen cuando vuelven los indios de los bosques y de las selvas, frutas y raíces medicinales", Gumilla había hecho algunas anotaciones sobre el fruto de la planta y la forma como los indios lo procesaban y utilizaban.
"Los indios tunebos de nuestra misión de Patute, suben hacia el páramo nevado de Chita y traen grande abundancia de incienso…; y subiendo más alto, hallan los árboles que dan la Orova, o como dicen otros, Otiva; no es resina, ni goma, es una como avellana blanca, que hallan dentro de las flores de aquellos árboles, tan blanda como una mantequilla: hacen bolas de a libra y después las venden a ocho reales cada una; y por mucho que cojan, falta siempre, por los muchos que la buscan para remedios de sarnas, tiñas y otros males; especialmente es un admirable preservativo contra las niguas, piques, o pulgas imperceptibles, que se entran hasta la carne viva."
La otova u otiva puede corresponder con la otoba, ocoba, mamo, mamito, kino o manzanilla sonsonesa (Dialyanthera otoba (H. et B.). Dicotiledóneas, Ranales: Miristicaceas) descubierta por Mutis en el Tolima y por Humbolt y Bonpland en la hoya del Magdalena, según el padre Enrique Pérez Arbeláez, quien dice que es una planta afín a la nuez moscada, en la que se interesó Mutis con el propósito de industrializarla "para hacer de ella un producto farmacéutico y una base de exportaciones que sustituyera la nuez moscada de la India", pero que "La relativa escasez de los árboles y la lentitud con que crecen, cortaron tan patrióticas ambiciones". El 67.3% de la almendra es grasa que "se usó desde hace mucho por los campesinos colombianos para combatir las enfermedades de la piel en los animales domésticos; como antirreumal e insecticida. Después se aplicó a disminuir el prurito de la urticaria y a otras dermatosis, aun a la lepra", como escribe Pérez Arbeláez en el libro "Plantas Utiles de Colombia"
Fray Juan de Santa Gertrudis en el capítulo cuarto del Tomo I que "Contiene la descripción y cosas raras que hay desde Honda hasta La Plata", relata lo que le sucedió al padre Juan Plata que lo acompañó en varias travesías, quien creía tener "un nacido", pero que por medio de uno de los mozos se enteró que era una nigua. Relata los sitios en donde se implanta el insecto con más frecuencia, y algunos aspecios sobre su biología; comenta que en otro de sus viajes sufrió "muchísimo de esta plaga", a tal punto que lo postraron en la cama.
"Al Padre Plata, ya citado, en un pie sobre el tobillo, le había salido un nacido un poco menos que un garbanzo. El decía: Ha 6 o 8 días que está maduro y no quiere reventar, y me da una comezón desesperada. Yo le dije: Los arrieros traen unas agujas grandes, reventarlo con ella y sanará. Volviendo a la casa con esta conversación, llamé a uno de los mozos que tenía aguja para el efecto. Mas al punto que lo vió dijo: Padre, esto no es nacido sino una nigua, y según pinta ya ha más de 20 días que le entró. El con la aguja se la sacó, y la fue a quemar porque dijo que tenía mucha semilla. Nigua llaman allá una especie de pulguitas como una liendrecita muy chica. Ella nace blanca, pero a las 24 horas ya mudó en color negro. Ellas su ordinario es: entrarse en las plantas de los pies, bajo las coyunturas de los dedos más, y por debajo de las uñas. Muy rara vez entran en otra parte del cuerpo. Al entrar no se sienten, hasta que a 3 o 4 días que están adentro, y dan una comezón desesperada. Y como es preciso sacarlas con la punta de una aguja, y ellas están pegadas ya a la carne viva, da bastante dolor la aguja hurgando adentro."
Hace un comentario no acertado sobre el mecanismo de transmisión, al atribuir la reinfestación a la "
"Mas al llegar ella a tener 8 días, ya tiene semilla, y es peor, porque es preciso sacarla entera, y como es fácil de reventar, es menester que quien la saca sea práctico; sino aunque la sabe ya reventada, como la semilla es tan chica, queda alguna liendrecita, y poco a poco va creciendo, y cuando una hace la cuenta que la comezón es de la postilla que quedó del picotazo, se cría una nigua tamaña, y le infecciona todos los pies de niguas… Todo el Perú de aquí para arriba está infectado de esta plaga; y a no tener cuidado de hacerlas sacar presto, mayormente quien tiene mala carnadura, se ampollan las sacaduras, y hay ejemplar de por ello haber sido preciso cortar algún dedo"
Mutis, siempre cauteloso, opina con respecto a la reproducción de la nigua en los tejidos, sugerida por Gumilla, "que esa noticia merece ser examinada antes de admitirla o reprobarla".
Como se nota, las niguas eran endémicas prácticamente en toda la América continental y en varias islas del caribe. Constituían un problema de salud pública, y causaron serios problemas a los españoles, quienes las desconocían; los indígenas tenían claro el problema y utilizaban prácticas de extracción por medio de agujas, espinas y púas de plantas, lo mismo que medicamentos derivados de plantas como la Otoba y algunas medidas profilácticas.
Al mejorarse las condiciones de saneamiento ambiental, las prácticas pecuarias y los hábitos higiénicos, la tunguiasis dejó de ser un problema de salud pública y en muchos países constituyen apenas un recuerdo anecdótico; ocasionalmente se notifican casos en Africa y América Latina.
Sarna, carranchil o siete luchas
Es por demás curioso que los cronistas e historiadores se ocuparan tan poco de esta enfermedad parasitaria cosmopolita, antigua y común, causada por el ácaro Sarcoptes scabiei (Acariformes, Astigmata: Sarcoptidae). Quizás por ser conocida previamente en Europa e ingresar con los conquistadores, o posteriormente con los esclavos africanos, dadas las condiciones sanitarias deficientes en los barcos y el marcado hacinamiento a que fueron sometidos, no les llamó la atención. Es posible también que no fuera frecuente o que no existiera en las poblaciones indígenas antes del descubrimiento y, entonces, había poco o nada que decir.
La presencia de la escabiosis en América ha generado mucha controversia y se ha enfocado desde las dos consabidas teorías: o fue introducida como la viruela, la lepra y el tifus, o existía previamente como la bartonellosis, el carate, la enfermedad de chagas, la tungiasis y los nuches. Lo que es cierto es que se conocía en Asia y en Europa antes del arribo de los españoles al nuevo continente; hay argumentos que sustentan los dos puntos de vista.
El doctor Luis A. León, Profesor Honorario de la Universidad Central del Ecuador, menciona en el libro "La Escabiosis en Latinoamérica. Historia - Farmacopea Aborigen - Lexicografía", que según varios estudios "la sarna existió desde remotos tiempos en Egipto, en la Mesopotamia, en Palestina, Grecia, Roma, Persia; Países Arabes, India y China"; menciona que en la literatura china se refieren al parásito desde el año 6100 AD, mientras que en Europa se conoce desde Aristóteles (384-325 AC); refiere que el médico y filósofo cordobés Ibu Roselid, más conocido como Averroes (1126-1198), fue quien describió el parásito y lo llamó Acarus scabiei. Dice que entre los siglos XI y XVII, un número considerable de escritores europeos demostró en sus publicaciones que estaban familiarizados con el cuadro clínico de la escabiosis y que conocían el ácaro, sin establecer asociación de éste con la enfermedad. En el libro "The story of scabies" de R. Friedman, citado por el doctor León, se plantea que esta parasitosis fue introducida desde Europa al Continente Americano por los españoles y por los inmigrantes posteriores.
En la cita previa de don Antonio de Herrera sobre las niguas, en que relata que el procedimiento para extraerlas era "sacarlos como aradores", se evidencia que en España ya se conocían los ácaros y cómo extraerlos con agujas.
Por otro lado, varios autores consideran que la sarna fue introducida y propagada en los pueblos de América por los esclavos negros procedentes del Africa. Así lo sostiene, por ejemplo, el doctor Federico Guillot en el libro "Historia de las Dermatosis Africanos en el Nuevo Mundo", quien afirma que ésta era una enfermedad común en dichos esclavos, aun cuando no se clarifica si había sido adquirida en los países de origen o en los barcos. Sin embargo, autores franceses e ingleses enfatizan sobre la frecuencia de la escabiosis en la costa occidental del Africa y en otros pueblos de los que fueron expoliados los esclavos, lo cual confirmaría la presencia de la enfermedad en ese continente.
Quienes argumentan la preexistencia de la escabiosis en América, sostienen que los inmigrantes asiáticos y europeos que pasaron al Continente antes de 1492 la introdujeron, y que por lo tanto los aztecas, los incas y la mayor parte de los pueblos americanos la conocieron;. varios cronistas de América se refieren a la presencia de la enfermedad entre los pastores de llamas durante el periodo incario en el Perú, y en los pobladores de Méjico, antes de la llegada de Cortez.
Humboldt y Bonpland, en su obra "Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, hecho en 1799 hasta 1804", al narrar lo acontecido durante su recorrido por las regiones del Orinoco y del río Negro en Venezuela, relatan un episodio que les sucedió en Javita, del que se podría deducir el desconocimiento que tenían sobre la escabiosis, en contraste con el de los nativos:
"aprovechando ese tiempo no solamente para recorrer los alrededores, sino también para curarnos de un mal del que sufríamos desde hace dos días. Sentíamos una comezón extraordinaria en las junturas de los dedos y en el dorso de las manos. El misionero nos dijo que eran aradores (insectos labradores) que se habían introducido bajo la piel. No distinguimos bajo la lupa sino estrias, surcos paralelos y blancuzcos. Es la forma de estos surcos los que ha hecho llamar dar a estos insectos el nombre de labradores. Hicieron venir una mujer que se decía conocedora a fondo de estos pequeños animales que minan la piel del hombre: la nigua, el nuche, la coya y el arador; era la curandera. Prometió hacer salir uno a uno los insectos que nos causaban tan viva picazón. Calentó en una lámpara la punta de un pequeño pedazo de madera muy dura, y pinchó con la punta los surcos hechos en la piel. Después de un minucioso examen anunció, con la gravedad pedantesca que es propia de la gente de color, que había encontrado el arador. Había visto un pequeño saco redondo y sospeché que era el huevo de un acárido. Debía encontrarme mejor, cuando la torpeza pudo hacer salir tres o cuatro de estos aradores; pero como llevaba la piel de las dos manos completamente llena de acáridos, no tuve la paciencia de terminar una operación que había durado ya bastante tiempo, hasta entrada la noche"
En Colombia parece que la escabiosis existió entre los antepasados de los paéces, guajiros y cunas, pobladores de las comarcas del norte del país, como lo señala el doctor León. Sin embargo, no se encontró ninguna anotación de los cronistas que ratificara la preexistencia de la escabiosis antes de la conquista; tal vez la alusión más antigua sobre la entidad es la que hace don Antonio de Herrera en 1601, cuando escribe que "Cerca de Tocaima hai unos manantiales de Azufre, i el barro del agua es muy aprobado para curar todo género de sarna, Lepra, i Empeines, untándose con ello, i lavándose con el agua", en clara alusión al efecto terapéutico del azufre sobre la escabiosis y otras dermatosis, lo mismo que a la práctica que desde entonces utilizaban los indígenas para su tratamiento. Posteriormente el padre Gumilla, hacia 1795, se refiere a una plaga muy frecuente en los habitantes de Casanare, Nuevo Reino de Granada, causada por animalillos muy pequeños que se desplazan subcutáneamente, llamados aradores, que al hacerlo dejan "unos surcos de sarpullido en forma de semicírculo y en ellos ardiente comezón", cuadro que corresponde con la escabiosis; menciona que no se conoce un tratamiento específico, pero que con limón caliente y pólvora se amortigua temporalmente a tan molesta plaga, posiblemente por el efecto del azufre de la pólvora.
"Es plaga muy ordinaria en las tierras calientes la de los aradores; el sentir es que son unos animalillos imperceptibles a la vista: o que se ve es el lugar, por donde va caminando entre cuero y carne, donde van dejando unos surcos de sarpullido en forma de semicírculo y en ellos ardiente comezón: es plaga difícil de quitar y cunde mucho en el cuerpo: no se ha hallado aún específico contra esta molesta plaga: sólo con limón caliente y pólvora, se amortigua; pero luego recobra su fuerza"
La lepra apareció en el país hacia 1575; de ella murió en Mariquita en 1579, Gonzalo Jiménez de Quesada, constituyéndose en el primer caso de la enfermedad en el país, según Soriano Lleras; para otros historiadores el primer caso se presentó en Santafé en 1646. "A finales del siglo XVI había tantos casos de lepra en la Costa Atlántica, sobre todo en Cartagena, que el Rey de España pensó en establecer en esa ciudad un hospital para esos enfermos. Según Ibañez la enfermedad fue propagada en gran parte por los negros traídos de Africa en aquella época", sostiene Soriano Lleras. Los síntomas de la escabiosis y de la lepra fueron confundidos por mucho tiempo, aún por médicos del siglo XVII, como el doctor Ricardo Plata, quien en 1868 al referirse a las observaciones recogidas en Tocaima y Agua de Dios, los dos grandes leprosarios de Colombia por entonces, anota: "daré como perteneciente a este (primer periodo) i a esta forma del mal, un síntoma del que ninguno de los autores que conozco hace referencia; éste es un prurito incomodo i pertinaz que atormenta a los enfermos, sobre todo durante la noche, obligándolos a rascarse con tal violencia, que las piernas, los brazos y el pecho parecen cubiertos de sarna o se asemejan a la forma ulcerosa… Este prurito lo he encontrado en casi todos los casos de lepra anestésica que he encontrado en agua de Dios."
Bien difícil precisar si la escabiosis existía en el continente americano antes de la conquista: los indígenas utilizaban prácticas y medicamentos autóctonos (agua y barros azufrados o resinas y preparados de plantas como la otoba) para el tratamiento de varias dermatosis, tal vez incluida la escabiosis y, por otro lado, los españoles utilizaron el genérico sarnas para referirse a diferentes afecciones pruriginosas y costrosas de la piel, mas no necesaria y específicamente a la escabiosis.
Después de conocer los relatos anteriores queda claro que, independiente del origen, la sarna, carranchil, siete luchas, pica pica, chanda, rascabonito, algunas de las muchas formas como se conoce en América a la escabrosis, afectó a indígenas, esclavos y españoles.
Piojos, el tifo y otras fiebres petequiales
Sobre la infestación por piojos, Pedicululus humanus (Anoplura: Pediculidae), no se encuentran referencias en los cronistas de América o de Colombia. Semejante a lo expuesto en la escabiosis, es posible que estos parásitos existieran en el continente antes de la llegada de los españoles o que éstos los hubiesen introducido. No obstante, el registro de enfermedades que pudieran ser compatibles con el tifo en los tiempos precolombinos, especialmente en Guatemala y México, constituyen un apoyo a la teoría de la coexistencia simultánea de piojos, pulgas y garrapatas en todos los continentes, puesto que actúan como vectores biológicos de varias rickettsias agentes de fiebres petequiales semejantes al tifo. Los trabajos y estudios entomológicos y médicos realizados sobre estas enfermedades en el país, marcan un hito por los logros y aportes realizados.
El primer registro de lo que se considera pudo haber sido tifo es el de la gran "plaga" en Atenas, en el año 420 Antes de Cristo, durante las Guerras del Peloponeso, que según Tucidedes causó muchas muertes; mientras que la primera referencia a los piojos como parásitos del hombre la hacen Hipócrates y Galeno.
Tras la huella de las epidemias del tifo, causado por Ricketssia prowazeki, es posible seguir por asociación, la huella de los piojos, pero esta asociación tan sólo se confirmó en 1910 cuando el médico norteamericano Howard Taylor Ricketts observó por primera vez los pequeñísimos organismos en las células epiteliales de piojos de humanos, hallazgo confirmado en 1915 por Estanislao de Prowazek, en Servia. La suerte de estos investigadores estuvo ligada trágicamente con sus descubrimientos y aportes. Rickett murió el 5 de mayo de 1910, un mes después de haberse desplazado a Ciudad de México para estudiar sobre el terreno el tifo exantemático, cuya etiología no se conocía. Prowazek murió el mismo año en que hizo su descubrimiento, víctima de una epidemia de tifo, en un campo de prisioneros de Kottbus.
Una asociación que históricamente se podría establecer es la alta infestación por piojos que existía en los ejércitos de los Reyes Católicos de España (se dice que hasta los reales cabellos de la Reina estaban infestados) y la epidemia de tifo de 1489 (tres años antes del descubrimiento) en el campamento de Santafe, en donde murieron 16000 soldados, cifra seis veces mayor al número de soldados muertos en combate. Luis del Toro, citado por Albadalejo, afirma que desde 1490 se presentaron brotes aislados y brotes epidémicos en España, debido a la contaminación traída por los soldados que volvían de Chipre, después de la toma de Granada por los Reyes Católicos. La enfermedad se fue extendiendo bien en forma endémica o como epidemias devastadoras.
Si la enfermedad no existía en las Américas, aunque existieran los piojos, es altamente probable que hubiera sido introducida por los conquistadores, conocidas las condiciones antihigiénicas en que venían, como se precisó anteriormente, y la relativa coincidencia cronológica entre las epidemias en España y las epidemias conocidas en América, pues lo que sí es cierto es que, en condiciones naturales, no puede haber tifo sin piojos.
América tiene una historia larga y dolorosa en relación con el tifo. El primer registro en español sobre la enfermedad data de 1530, menos de 40 años después del descubrimiento, y dice que en Méjico durante el Gobierno del Primer Virrey Don Antonio de Mendoza, causó "grandes estragos en la capital, cierta fiebre con pintas en la piel, que se extendió por todas las provincias y pueblos de Nueva España", de acuerdo con Egea, 1880, citado por el Doctor Miguel E. Bustamante en el discurso de inauguración de la Primera Reunión Interamericana del Tifo, que se realizó en México en 1945.
"El período comprendido entre los años de 1606 y 1630 señalóse por la gravedad de la epidemia que recorría el país (España) en todas direcciones, apagándose en unas partes para inflamarse en otras, lo cual hizo bautizar aquella época calamitosa con el apodo de Años del tabardillo", según Albaladejo, citado por el médico Enrique C. Gutiérrez en su tesis de grado "Anotaciones sobre tifo exantemático, publicada en 1942.
A propósito de la palabra tabardillo, aclara Albaladejo que la etimología y el significado son científicos pues "viene de tabes ardnes, fiebre pestilente, ardorosa, que causa corrupción, de donde vino el verbo tabere, emponzoñar, corromper. Aún los que la hacen descender de tábano, por parecerse las pintas del exantema a las picaduras de dicho insecto, no saben que el nombre de tábano viene también de tabes, porque lo que pica ese díptero se corrompe al instante (…)"
Colombia también tuvo sus años del tabardillo entre 1619 y 1633, con mayor prevalencia entre 1929 y 1933, sospechosamente próximos a los de España. Confrontando algunos datos es posible establecer una relación de causa a efecto, entre lo que ocurría en España y lo que empezó a ocurrir en América. Una de las más grandes epidemias, calificada como horrible, fue la que hubo en Guadix, en la provincia de Granada, durante 1629 y 1630. "Precisamente por esa época tocó nuestras costas, con sus soldados, don Juan de Borja, nombrado presidente del Nuevo Reino de Granada. Llegó a la villa de Facatativá a comienzos del año de 1630 y allí abrió sus toldas de campaña, mientras se arreglaba lo necesario para entrar a Santafé. A raíz de su llegada hizo irrupción la primera epidemia de que tengamos noticias." escribe el doctor Enrique Gutierrez, antes citado. De acuerdo con el médico Luis Patiño Camargo, el tifo exantemático llegó a las costas de la Nueva Granada en 1929 con las tropas de don Sancho Girón, Marquez de Sofraga, desde donde se dispersó.
El doctor Pedro M. Ibañez, en un interesante trabajo titulado "Memorias para la historia de la Medicina en Santafé de Bogotá, publicado en 1884, se refiere por primera vez a la aparición de la enfermedad en la ciudad en forma epidémica, en donde murieron personajes eclesiásticos, civiles, nobles, plebeyos, esclavos, indios y mulatos: "Del año de 1619 al de 1633, el país fue recorrido por una epidemia contagiosa á la cual se le dio el nombre de tabardillo, que asoló a los pueblos de la Sabana y la ciudad de Santafé. Creemos que fue la fiebre tifoidea, enfermedad que aún se conoce en nuestros campos con el nombre mencionado, y de la cual murieron el Arzobispo D. Bernardino de Almanza, ochenta y cinco clérigos y religiosos, dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores, muchos nobles y plebeyos, sin contar los esclavos, indios y mulatos que murieron en gran número; y en los pueblos de esta jurisdicción, así de españoles como de indios, fue grande la mortalidad."
Con respecto a la misma epidemia, aun cuando con nombre diferente, el historiador José María Groot, citado en la Tesis para el doctorado en Medicina y Cirugía de Ruben Rodriguez N. dice: "… Sobre la etiología del tifo epidémico de 1889", publicada en 1890, cuando sostiene que "La epidemia de tabardillo (tifo) empezó en Facatativá, se extendió á los pueblos de la Sabana, de éstos á la ciudad de Santafé, se generalizó, etc.…Fue tan mortífera, y tan tenaz y contagiosa, que murió cerca de los cuatro quintos de los indígenas, duró cerca de dos años y se extendió á los pueblos vecinos de Boyacá y Santander."
Las opiniones de estos dos autores están en desacuerdo en la duración y la etiología de la enfermedad. El primero considera que tuvo una duración de catorce años, el segundo uno solo de tres; mientras que para aquél se trataba de una epidemia de fiebre tifoidea, para éste era de tifo. El segundo aspecto hoy no reviste mayor importancia, pues por entonces la etiología de la enfermedad no se conocía, y en cuanto al primero, es posible que la epidemia tuviera una duración mayor de tres años si se considera la amplia distribución que alcanzó en un territorio sin vías de penetración ni medios de transporte adecuados. En el interesante trabajo del médico Rubén Rodriguez, se hace un análisis retrospectivo clínico y epidemiológico de esta epidemia y se concluye que fue de tifo y no de fiebre tifoidea.
Testigo de la ocasión, el padre Hazareño, citado por Fernando Serpa Flores en las "Páginas de Historia de la Medicina", describe con claridad las principales manifestaciones de la enfermedad, cuando comenta que "era lo común de fríos y calenturas, y en los días la enfermedad hacía rapto a la cabeza, privando totalmente del juicio a las personas. Dejo el postrarse, de suerte que se hacían ineptos para ayudarse, las desganas de comer, ciertos hastíos, horribles vómitos y ansias, el cuerpo estropeado, la cabeza condolida… molidos los huesos, la garganta llagada y los dientes y las muelas danzando y en todo el hombre ardiendo en fiebres y loqueando con notable frenesí."
Sobre el grave impacto de la enfermedad y la forma rápida como se transmitía, relata Soriano Lleras que "Era tal el horror de las gentes por el contagio, que apenas estallaba la enfermedad en alguna casa, todos los sanos huían enloquecidos de terror dejando al apestado al amparo de Dios." Para prevenir el contagio, se echaba cal viva sobre los cadáveres al momento de sepultarlos, como se hizo con el Arzobispo Almanza.
La epidemia no respetó rangos, categorías, sexos ni edades, como se deduce de las narraciones dramáticas del padre Hazareño, citado por Soriano Lleras: "No había contagio como éste. Pegaba de solo llegar al enfermo, tocarle, de respirar el aire de la sala y aún de la cuadra en que estaba. Los vestidos, las camisas, las camas, la ropa y platos de su comida, todo quedaba infectado…
"Duró este contagio algo más de dos años y se tendió por las principales partes de este Reino, en ciudades, en villas, en estancias, en valles, en montes, y en toda suerte de personas. Nadie escapa de su rigor, ni el pobre, ni el rico por su regalo, ni el poderoso por sus resguardos; ni al pobre le sirvió su pobreza, ni al religioso su clausura, ni al trabajado la carne hecha al mal pasar; todo estado tuvo que padecer y toda suerte de Gente que llorar…"
Dice que en Santafe "fue conocidamente el estrago mayor de la pestilencia, por haber en ella mayor número de personas con quien poder cebarse. Cundió dilatadamente y no hubo casa ni convento en que no se empeñase muy de siento. Entraba en las familias, y luego de llevarse la mayor parte, la demás la dejaba tal que ni estaba para servirse, sino para llorarse, unos caían, otros convalescientes, y todos impedidos para socorrerse unos con otros (…). Era ver a los padres en una cama y a los hijos en otra, y la gente de servicio tendidos por las salas, y los otros que quedaban en pie con la falta de sueño de tantos días y con amortajar unos y velar a otros y andar entre las manos de la misma muerte, que no podían tenerse en pie (…) Dudo que nadie pueda declarar el número de muertos, porque eran tantos que no había lugar en las parroquias para sepultarlos, amontonando a muchos en los sepulcros y confundiendo los entierros de las casas. Llegó a tanto la falta de los vivos, que por no poder acompañar el funeral, echaban de noche los difuntos a la calle, exponiéndolos a la misericordia de los piadosos. No amanecía día en que no se hallasen a las puertas de las iglesias, parroquias y conventos y monasterios, de cinco a seis amortajados. Y a veces sucedió hallar a todos los de la familia difuntos, y todos los cuerpos de ellos llenos de corrupción, sin haber en toda la casa quien diese aviso de la mortandad."
Concomitante con la enfermedad y a consecuencia de ella, se desató una hambruna general por la falta de indígenas que cultivaran la tierra. Así lo describió el padre Hazareño: "Acrecentó esta gran calamidad una gran hambre y falta de lo necesario, porque como los pueblos vecinos de los indios estaban tan dolientes, no había quien socorriese con lo necesario. Faltaba la leña, faltaba el pan, la carne, las aves y los comunes y ordinarios bastimentos de los vivos, y como duró este contagio por más de dos años, no había quien sembrase ni quien cogiese. Los hombres flacos, macilentos, descoloridos, hechos una estampa de la muerte, que no parecía sino que se sentían ya las vecindades del día último de los tiempos."
Era costumbre en la época darles nombres de santos o de personas a las muchas "pestes" que acontecían, para diferenciarlas. A esta se le denominó Peste de Santos Gil, "nombre que tomó del único escribano público que entonces se atrevía á ir á las casas de los enfermos á autorizar los testamentos, y que por ese motivo quedó heredero de grandes fortunas dejadas por las familias que, heridas por el terrible azote desaparecían totalmente sin dejar ningún deudo", relata Rodriguez N.
De la época de la independencia no se tienen noticias claras sobre el tifo, con excepción del libro "Instrucciones para curar las calenturas conocidas como Tabardillo". Durante las guerras civiles ocurrieron epidemias en 1854, 1860, 1884, 1889 y 1899.
Las Tesis de Grado de Jorge Boshell, Miguel B. Muñoz y Rubén Rodriguez N hechas entre 1885 y 1890, y la de José María Rengifo en 1899, sobre clínica, anatomopatología y epidemiologías del tifo, son los primeros trabajos de corte científico realizados en el país.
A partir de 1902 las epidemias de tifo disminuyeron en el país y tan solo se presentaron pequeños brotes y casos esporádicos. Durante mucho tiempo persistió la discusión sobre la enfermedad; desde los registros de la colonia hasta 1901 se consideró y denominó como tabardillo y se aceptaba como tifo, pero en este último año, el médico Lombana Barreneche, tal como lo dice Patiño Camargo, "sentó la tesis de que el tifo era la forma septicémica de la tifoidea. De ahí hasta su muerte en 1928, predicó tal doctrina a múltiples generaciones médicas con argumentación tan contundente, que los médicos no volvieron a diagnosticar tifo y las estadísticas nosológicas oficiales lo borraron de sus casillas." En clara discrepancia con el anterior, continúa Patiño Camargo, "el profesor Carlos Esguerra en su cátedra de patología y su clínica de Marly, donde enseñaba que las fiebres exantemáticas estuporosas de estallido brusco, erupción precoz, taquicardia, constipación, fenómenos nerviosos, aspecto congestivo, periodo corto y declinación crítica, eran tifo exántemático." Después de muchos años de discusión y espera fue el mismo Patiño Camargo quien logró demostrar la existencia del tifo producido por rickettsias y transmitido por piojos en Colombia.
Nota final
Se quedan entre el tintero otros tantos aspectos relacionados con los artrópodos venenosos a través de la historia y un recorrido por los aspectos de la Entomología Médica de los siglos XIX y XX. Lo extenso del tema y la necesidad de cumplir con los compromisos editoriales, imposibilitan por ahora continuar el viaje, pero lo hasta aquí recorrido se constituye en una invitación para reiniciarlo en cualquier otro momento.
Footnotes
Agradecimientos
El autor expresa sus cordiales agradecimientos a la Bibliotecóloga Nora Helena López, directora de la Biblioteca Médica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, por permitirle consultar por el tiempo necesario el material bibliográfico. Al señor Fredy Alonso Valderrama, de la sala de Historia de la Medicina de ésta Biblioteca, por la paciencia y colaboración en la búsqueda de artículos, libros y documentos. Al Bacteriólogo Leonardo Ríos por la valiosa cooperación y el tiempo dedicado a los procesos de escanear y fotocopiar el material bibliográfico. A quienes leyeron los borradores e hicieron aportes para su corrección. A la Sociedad Colombiana de Entomología por su amable invitación, que motivó el inicio de este viaje.
