Abstract
Cuando se produce un fracaso en la enseñanza, y no hay trastornos fisiológicos, se plantea la existencia de un defecto en la inteligencia. Nos encontramos entonces con el problema de medir una inteligencia en desarrollo, diferente a la inteligencia del adulto. Estas diferencias adulto-niño se muestran en la dirección (al niño le cuesta mantener la dirección, se distrae), en la comprensión (que es más superficial), en el poder de invención (más limitado) y en la censura (también limitada). La inteligencia del niño se parece mucho a la de un imbécil adulto. Bajo estos supuestos el autor elabora una escala para medir la inteligencia infantil para ser aplicada por personal especializado.
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